El sueño de Azul
Azul apoyó el brazo sobre la cálida madera de la mesa del comedor y cerró los ojos. Sin quererlo, su mente comenzó a volar por el extraño y misterioso mundo de los sueños. Así, se topó con un lugar siniestro y oscuro, seguramente un castillo, o mejor, una casa abandonada. Nadie se acercaba a ella porque gritos sordos salían de sus ventanas sin cristales, e invisibles fantasmas se paseaban por sus jardines cubiertos de hojas secas. Soñó que me acercaba a aquella casa, tan fría por falta de aliento humano, que tan solo necesitaba un voto de confianza para demostrar que era benigna. Paseó por sus pasillos, y la madera crujía a cada paso que daba. Sin embargo, en aquella casa había mucha vida. Las arañas tejían sus telas en los rincones del techo, mientras algunos insectos andaban a sus anchas por las habitaciones de aquella casa encantada. Viejos cuadros miraban curiosos desde las paredes, y los retratos que portaban le contaban historias de familia con sus miradas. Las lámparas de aceite, apagadas, podrían presumir de haber iluminado las mejores fiestas y reuniones, y los muebles respiraban madurez y anécdotas que nadie podría conocer, sólo ellos, como encuentros efímeros de dos amantes que se querían a escondidas. Siguió avanzando por aquella casa, descubriendo oscuros rincones, viejos trastos y olvidados utensilios. Las habitaciones aun contenían los añejos muebles, y la mente de la niña se llenó de posibles crímenes pasionales, huídas repentinas o trágicos accidentes que hicieron que aquella adinerada familia desapareciera de repente de su casa. Los vivos daguerrotipos le enseñaban los rostros de los habitantes del hogar, y Azul sintió que se iba familiarizando con ellos. Como siempre, le puso nombre a cada uno de ellos y les asignó una habitación. Cómo no, seguro que tenían un perro, grande y peludo, manso y cariñoso, que se tumbaba delante de la chimenea en las noches de invierno para acompañar al resto de la familia. El ambiente olía a humedad y a óxido, a sucio y a podrido, pero aun así Azul se enamoró de aquel misterioso lugar, que evocaba tristeza, añoranza y muerte. Fue por eso que la sonrisa que había ido dibujando en su rostro durante aquel viaje astral se esfumó cuando su madre la despertó al posar la bandeja de la merienda sobre la mesa.