Azul apoyó el brazo sobre la cálida madera de la mesa del comedor y cerró los ojos. Sin quererlo, su mente comenzó a volar por el extraño y misterioso mundo de los sueños. Así, se topó con un lugar siniestro y oscuro, seguramente un castillo, o mejor, una casa abandonada. Nadie se acercaba a ella porque gritos sordos salían de sus ventanas sin cristales, e invisibles fantasmas se paseaban por sus jardines cubiertos de hojas secas. Soñó que me acercaba a aquella casa, tan fría por falta de aliento humano, que tan solo necesitaba un voto de confianza para demostrar que era benigna. Paseó por sus pasillos, y la madera crujía a cada paso que daba. Sin embargo, en aquella casa había mucha vida. Las arañas tejían sus telas en los rincones del techo, mientras algunos insectos andaban a sus anchas por las habitaciones de aquella casa encantada. Viejos cuadros miraban curiosos desde las paredes, y los retratos que portaban le contaban historias de familia con sus miradas. Las lámparas de aceite, apagadas, podrían presumir de haber iluminado las mejores fiestas y reuniones, y los muebles respiraban madurez y anécdotas que nadie podría conocer, sólo ellos, como encuentros efímeros de dos amantes que se querían a escondidas. Siguió avanzando por aquella casa, descubriendo oscuros rincones, viejos trastos y olvidados utensilios. Las habitaciones aun contenían los añejos muebles, y la mente de la niña se llenó de posibles crímenes pasionales, huídas repentinas o trágicos accidentes que hicieron que aquella adinerada familia desapareciera de repente de su casa. Los vivos daguerrotipos le enseñaban los rostros de los habitantes del hogar, y Azul sintió que se iba familiarizando con ellos. Como siempre, le puso nombre a cada uno de ellos y les asignó una habitación. Cómo no, seguro que tenían un perro, grande y peludo, manso y cariñoso, que se tumbaba delante de la chimenea en las noches de invierno para acompañar al resto de la familia. El ambiente olía a humedad y a óxido, a sucio y a podrido, pero aun así Azul se enamoró de aquel misterioso lugar, que evocaba tristeza, añoranza y muerte. Fue por eso que la sonrisa que había ido dibujando en su rostro durante aquel viaje astral se esfumó cuando su madre la despertó al posar la bandeja de la merienda sobre la mesa.
Cri, cri, cri
Posteado en Uncategorized sobre Julio 14, 2008 por KarmenLas aceras desprenden bocanadas de calor, el sol atiza tu piel con grandes bofetadas de fuego, aparecen los tirantes y los pantalones cortos, y la canción del verano comienza a tararearse a partir de las ocho de la tarde en cualquier terraza del país. ¿La Bomba, Chiki-chiki, lo nuevo de cualquier fulana oxigenada? No, se trata del cri, cri, cri, el molesto canto del grillo. ¿Molesto? El tuno negro que aparece entre la selva de una maceta para entonar una serenata dedicada a la grilla que se insinúa sobre la hoja de un laurel, Pepito Grillo llenando de placer y pasión la conciencia de Pinocho, una oda al amor, un ritual de apareamiento que hasta los más impensables insectos sienten necesario en su diminuto corazón. Una melodía que sabe a helado de limón, huele a mar y se siente en la piel como la brisa fresca que tanto se agradece cuando Lorenzo te ha chamuscado. Y es que el cri no es más que eso, es la banda sonora del verano, el símbolo del buen tiempo, de las vacaciones, de la tumbona en el césped con un vaso de granizada a mano, de los pies hundiéndose en la arena de la playa, y del tinto con casera y mucho hielo, acompañado de sardinas a la plancha, en el chiringuito. Una demostración romántica por parte del señor Grillo, que renuncia a la posibilidad de volar, ya que utiliza las alas para emitir su melodía y pierde así la función de surcar el cielo, y que se involucra en auténticas batallas campales contra otros varones para defender a su novia, a la que salvaguarda con garras y dientes, literalmente. En definitiva, que es imposible tachar de molesta una demostración romántica, y no hay nada mejor que dormir en verano con la ventana abierta y la nana del grillo, preferible mucho más que el tráfico, la ciudad o la música de Camela que emiten los coches tuneados y que tanto contamina acústicamente.
Con nocturnidad y alevosía
Posteado en Uncategorized sobre Julio 10, 2008 por KarmenHacía tiempo que creía crearme un blog. Esto de Internet te abre las puertas para enseñar aquello que más te gusta hacer, y como yo no tengo un sólo hobbie (no sé si eso será una virtud o un defecto), y ya que hay un rincón virtual para mis fotografías y otro para mis broches, tocaba el momento de darle protagonismo a las palabras. Pretendo hablar de todo, pero seguramente terminaré comentando nada. Porque llegaré aquí y dejaré a mis dedos fluir todo lo que siento en mi interior, sin importarme que nadie lo lea, porque tan solo busco expresarme y trabajar un rato de la mano de la inspiración. Seguramente aburra lo que escribo, pero me agradaría ver que hay algún curioso que se pasea de vez en cuando por las entrañas de mi mente y mi corazón para saber lo que pienso y leer un poco aquello que escribo. Y más todavía me agradaría ver que pierde el tiempo en opinar lo que mis manos han escupido.
En fín, un saludo a quién haya al otro lado de la pantalla, si es que hay alguien.
Karmen.